EL ROMANCE DEL PADRE KINO (Parte 36)





Mientras regresaba a Dolores tuvo oportunidad de mostrar que no sólo era constructor de iglesias, fundador de pueblos, cacique máximo, próspero ranchero y explorador, sino también un hombre de finos sentimientos humanos.

Por Cruz G. Acuña
Fecha de publicación: 2018-05-14 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Opinión y Sociedad



Por Cruz G. Acuña

La Historia de un Indio Cautivo

    Mientras regresaba a Dolores tuvo oportunidad de mostrar que no sólo era constructor de iglesias, fundador de pueblos, cacique máximo, próspero ranchero y explorador, sino también un hombre de finos sentimientos humanos.

    Está por celebrar la misa en Tumacácori (Arizona), cuando llega al pueblo un indio en su caballo agitado, tembloroso, renegrido por el sudor. Trae un recado del padre Campos. Un indígena va a ser ajusticiado al día siguiente en San Ignacio (Sonora, y sólo el padre Kino puede salvado). El padre ordena de inmediato alistar el mejor de sus caballos; celebra reposadamente la Santa Misa; escribe una carta a Escalante sobre asuntos difíciles del río de Altar; y luego sale a galope tendido rumbo al Sur.

    El sol llega al zenit y Kino sigue galopando, corriendo, para salvar al desventurado indígena. El padre ya ha entrado a los 56 años y aún le sobran energías... o tal vez lo único que le sobra es corazón. Sigue corriendo. El sol comienza a declinar y Kino prosigue su carrera rumbo al Sur. Parece un tejano de una cinta del Oeste que se dirige desesperado a rescatar a su novia. El sol se oculta tras los montes y el incansable jinete continúa su loco galopar, aunque su frente palidece, y el sudor empapa su humilde camisa de manta, y los duros estribos de la silla le entumecen los pies. Las sombras de la tarde lo ven pasar como ráfaga. La obscuridad de la noche no lo detiene: lleva en su alma una antorcha que nunca se extingue y que ilumina su camino.

    A media noche desmana en Imuris. Ha cabalgado unos cien kilómetros. Descansa un poco mientras le procuran otro caballo y vuelve a montar.

    El sol se sorprende cuando al asomarse por los cerros, ve llegar a San Ignacio al mismo jinete que había visto al día anterior salir de Tumacácori.

    El padre Kino no acostumbra a detallar sus propias acciones. Por eso no sabemos las gestiones que realizó por el indefenso indio prisionero. Pero el caso es que salvó al cautivo de la muerte, y luego -cuerpo de acero y corazón de oro- se dirigió tranquilamente a las montañas de Dolores.

    Al llegar a su residencia, donde casi nunca residía, escribió a sus amigos comunicándoles sus últimas y novedosas investigaciones, y exponiendo su certeza sobre la Península de California.

    Todos le instaron a que prosiguiera la emocionante exploración; y el vagabundo no se hizo del rogar.

….

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