EL ROMANCE DEL PADRE KINO (Parte 27)





Por Cruz G. Acuña
Fecha de publicación: 2018-03-08 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Opinión y Sociedad



Por Cruz G. Acuña

ALGO DE POLÍTICA ECLESIÁSTICA DESDE ARIZPE


    Los obstáculos a la misión del civilizador, no sólo provenían de los colonos ambiciosos, sino también, algunas veces, de sus mismos colegas jesuitas. Ya vimos cómo un padre Visitador le suspendió en seco la construcción del barco en Caborca.

    Ahora, después de la revuelta, el superior inmediato de Kino era el rector de la muy noble ciudad de Arizpe. Se apellidaba Mora, y tenía fama de erudito y de sacerdote santo. Pero, a nuestro parecer, era uno de esos hombres que se apegan tanto a las leyes y los reglamentos, que pasan por alto la ley suprema de la comprensión y del amor.

    Este sujeto, durante su reinado, no dejó de acusar a Kino ante el Visitador Pólici, ante el padre Provincial de México, y ante Roma. Tenemos de él un escrito de 79 páginas en las cuales formula toda clase de cargos contra el inquieto misionero de los pimas. Lo acusa de bautizar a la carrera, sin instruir a los indios; de meterse demasiado en asuntos temporales, como ranchos, siembras y defensa de la frontera contra los apaches; le recrimina perder el tiempo construyendo un barco en el desierto; dice que descuida su ministerio de Dolores, porque viaja constantemente; lo acusa también de hacer trabajar demasiado a los indígenas y explica que por eso sus cosechas son las más abundantes de Sonora; de que en nueve años, le han enviado once padres y que ninguno de ellos ha congeniado con él; y acumula sobre Kino otras muchas y detalladas acusaciones. Pero el principal cargo que le hace es el de ser desobediente. Para un jesuita esta falta es muy grave, puesto que los jesuitas han formulado "el voto solemne" de obediencia a sus superiores.

    Una de las desobediencias de Kino fue la siguiente: En la revuelta anterior, la condición única para el perdón general y la paz, había sido la entrega a la justicia de los cabecillas asesinos. Kino y los pimas se habían comprometido. El misionero supo quiénes eran los delincuentes y los mandó aprehender. Como en Dolores no había cárcel (buena señal), el padre alojó a los prisioneros en su cuarto que estaba pegado al templo. Mora puso el grito en el cielo. Acusó a Kino de haber dejado de ser misionero para convertirse en sheriff y carcelero; y de haber profanado un recinto sagrado haciéndolo prisión.

    Lo más grave, según el inefable Mora, consistía en que el padre Kino debía entregar a los criminales a la justicia, y sin embargo, la ley prohibía terminantemente a los soldados sacar a los presos de un lugar sagrado sin permiso especial. Ante este dilema Mora ordenó que, mientras el padre sheriff celebraba la misa, los soldados sacaran a los prisioneros de su cuarto. Así el padre carcelero podía defenderse ante las autoridades civiles y eclesiásticas, diciendo que los soldados habían sacado a los presos de su cuarto sin su conocimiento. (Y los soldados...)

    A Kino no le agradó semejante disposición. Era uno de tantos subterfugios que suelen usar los adoradores esclavos de la ley, para violada sin ser castigados. Al padre desobediente se le ocurrió otro ardid más digno que no comprometía su veracidad. El capitán invitó a los cautivos a su propia residencia a comer calabaza ("comer calabaza", o batir pinole, era en aquellas latitudes algo así como "tomar el té", entre los ingleses). Cuando los invitados salieron voluntariamente del "lugar sagrado", el capitán los tomó presos.

    Este truco escandalizó grandemente al quisquilloso y farisaico padre Mora, el cual escribió a Kino diciéndole que por aquella acción había incurrido en censura. El padre "excomulgado" le respondió simplemente: "Los asesinos, sólo salieron a comer calabaza".

    Nos parece ver sonreír alegremente, al padre sheriff, desobediente y carcelero. Los asesinos del padre Saeta, de los ópatas y de otros muchos, fueron indultados a petición de los demás misioneros de Sonora; pero el padre Kino y sus pimas, habían cumplido su compromiso de entregar a los delincuentes.

    El gran pliego de acusaciones que Mora envió al Visitador no surtió efecto. El mismo Mora se quejaba después de que al misionero italo-alemán, los superiores no le hacían nada; que él no obedecía a los superiores sino que los superiores lo obedecían a él. Por algo sería.

    El inexperto Mora era un sacerdote joven que acababa de salir de las aulas brillantemente y quería lucir sus conocimientos legales; pero le faltaba tacto y experiencia, y otras cosas. Quiso hacer a un lado a Kino ordenando a Campos que se encargara de las misiones con los indios sobaipuris; pero el Visitador Pólici (italiano) dio contraorden mandando a Mora que entregara esas misiones al Padre Kino. Le recordó también que Kino tenía permiso y orden del Provincial y del virrey de explorar hasta más allá del río Colorado.

    Cuando se dijo que el padre Kino sería trasladado a California, todos los superiores (menos Mora), los generales del ejército, y hasta el Presidente del lejano Parral, pidieron al virrey que dejara a Kino en la Pimería, puesto que él solo, defendía la frontera mejor que cualquier Fuerte de soldados. El insignificante Mora tuvo que contemplar avinagrado la exaltación de aquel hijo desobediente y rebelde sin causa que era Kino.

    En esta comedia, tenía mucho que ver la predisposición que existía en los misioneros españoles y criollos contra los sacerdotes extranjeros: italianos, alemanes, etc. El infausto nacionalismo no es cosa nueva. No se sufría muy bien que un italiano o un alemán sobrepasara a un español o a un mexicano (criollo). Pero Kino, italiano por nacimiento y nacionalizado alemán, trabajaba para España y para México, porque su patria era el mundo.

    Y había algo más profundo en este vulgar sainete. El rector Mora tenía un corazón finamente labrado por las leyes de la Iglesia y del rey pero no se preocupaba por lo que sucedía con los nativos que vivían al otro lado de las montañas de Arizpe o en los vastos desiertos. Según los reglamentos, eso, a él no le tocaba. Kino en cambio tenía un corazón que se estremecía por la angustia de cualquier necesitado aunque éste se encontrara al fin del mundo, Mora seguía rigurosamente el estrecho cauce de las leyes humanas. Kino rebasaba esa rutina porque se gobernaba por la suprema ley del amor. Mora era esclavo de la ley. Kino estaba libre de todas esas minucias de los reglamentos, pero al mismo tiempo era el mayor de los esclavos de la Pimería, porque el amor es la suprema esclavitud. Mora parecía de conducta intachable; pero si Kino hubiera sido tan cumplido como él, las fronteras de México y del Reino de Dios no hubieran traspasado Arizona y California.


    Sin embargo, el padre Mora está ahora en el Cielo. Era el prototipo del oficial cumplido; sus fieles nunca se quedaban sin misa; bautizaba con regularidad; hacía todas las procesiones; celebraba las fiestas de los santos; llevaba al día sus registros; enseñaba las auténticas ceremonias de la Iglesia; portaba sin mancha su traje de eclesiástico... y tomaba metódicamente, a sus horas, la cotidiana ración de chocolate. El padre Mora era originario de la ciudad de Puebla.

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