EL ROMANCE DEL PADRE KINO (Parte 22)





Alguien se preguntará con razón qué hacía mientras tanto el padre Kino. El gigante estaba enfermo, postrado en su cama, abrasado por la fiebre... y tal vez por la angustia. Nos imaginamos también que él no quiso acompañar a la primera expedición punitiva.

Por Cruz G. Acuña
Fecha de publicacin: 2018-01-10 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Opinión y Sociedad



Por Cruz G. Acuña

LA TRAICIÓN


    Alguien se preguntará con razón qué hacía mientras tanto el padre Kino. El gigante estaba enfermo, postrado en su cama, abrasado por la fiebre... y tal vez por la angustia. Nos imaginamos también que él no quiso acompañar a la primera expedición punitiva. Conocía por triste experiencia en California, los híbridos frutos amargos que se recogían, cuando caminaban juntas, la cruz y la espada. Sin embargo, no estuvo ocioso. Habló con el capitán Almazán, nuevo Alcalde Mayor de Sonora, y consiguió una solemne promesa de paz para todos los indios con excepción a los cabecillas de la revuelta. Envió entonces mensajeros a los indígenas que estaban escondidos en los montes de Tubutama y Caborca, haciéndoles saber la promesa oficial.

    Pero no todos los oficiales españoles pensaban de la misma manera. Había algunos que opinaban que había que terminar para siempre con todos los indios rebeldes; y el general Jironza se vio obligado a enviar a la Pimería un ejército más numeroso que el anterior. Al frente de la tropa iba el capitán Colís, el más aguerrido de toda la frontera.

    Los indígenas, al ver tal movimiento de soldados, sintieron desconfianza y nadie quería abandonar sus guaridas y presentarse en los pueblos. Al saber esto, el padre Kino mandó ensillar su caballo y, a pesar de la fiebre, pudo llegar a San Ignacio. Desde allí ordenó al cacique del Tupo que hiciera todo lo posible por reunir a los rebeldes y que se presentaran todos al ejército que iría precisamente a la Ciénega, pues había solemne promesa de paz. Solamente los cabecillas serían castigados.

    A pesar de sus temores, los hambrientos pimas obedecieron la voz del padre. Confiaban en él, desarmados, con cruces en las manos. Casi todos eran inocentes. Los cabecillas, por supuesto, no se presentaron.

    Cuando llegó el ejército de Solís acampó en la Ciénega y comenzó entonces una extraña conferencia de paz. Los soldados formaron un gran círculo, montados a caballo, bien armados, como en asecho. Los indígenas tenían que entrar en ese macabro círculo, bien desarmados. Y fueron entrando. Los que traían armas, dejaban sus arcos y sus flechas allá lejos, "a cuatro tiros de arcabuz”, bajo un gran mezquite que se había señalado previamente, y luego penetraban en las pinzas de hierro... Todos iban confiados en la palabra del padre blanco: solamente lo jefes de la revuelta serían castigados; los demás volverían a sus pueblos, a sus campos, a disfrutar otra vez de las serenas alegrías de la paz...

    Una vez que los indígenas estuvieron reunidos dentro del inquietante cerco de soldados, los caciques leales comenzaron a examinar a uno por uno con el objeto de reconocer a los líderes culpables de la revuelta. No encontraron ninguno. Entonces, se determinó identificar a sus secuaces, y comenzó de nuevo la imponente revista. Se sospechó de uno, y fue maniatado; de otro, y también fue hecho prisionero; señalaron a un tercero, y se le aseguró con recias cuerdas... Los demás indios comenzaron a inquietarse; pero por todos lados no veían sino lanzas y arcabuces, y no tenían más remedio que esperar.

    La tragedia llegó repentinamente, como todas las tragedias. Fue el estallido del odio, de la prepotencia y, seguramente también, de la cobardía. Un cacique de Dolores se fija en uno de los indefensos indios acorralados. Cree reconocerlo, y de repente, lo coge por los cabellos y grita destempladamente al capitán Solís: "Este es uno de los asesinos...” Solís acude echando llamas por los ojos. Se cree el dueño absoluto de la vida, y sin ninguna averiguación desenfunda el sable, lo levanta, y con toda su fuerza diabólica lo deja caer sobre la nuca de aquel infeliz hombre indefenso. La cabeza salta por el suelo dejando manchas rojas sobre la inocente hierba de la Ciénega. La sangre brota a borbotones de las arterias rotas; y el cuerpo se desploma para siempre a los mismos pies del "heroico” Solís...

    Ante semejante espectáculo, la indiada se revuelve furiosa pero impotente, quieren huir, quieren defenderse, quieren salvar la vida. Se lanzan a romper el cerco de soldados, pero quedan clavados en las lanzas o son acribillados por los arcabuceros que ya estaban preparados. Se dice que solamente dos indios escaparon con vida. El llano quedó sembrado de cadáveres. Parecía que la Ciénega de agua cristalina, comenzaba a manar sangre. Aquel lugar se llamó después, la Matanza.

    La noche de aquel día funesto, corrieron muchas lágrimas de la Pimería. Allá en los montes, escondidas en la espesura de espinosos matorrales o acurrucadas en las grietas de las peñas, sin un pedazo de pan que llevarse a la boca, muchas mujeres pimas y muchos niños, de tristes ojos negros, lloraban sin consuelo su desamparo y su orfandad. Ah... si al menos existiera, como les aseguraba el padre Kino, otra vida mejor donde se recompensaran todos los amargos sufrimientos de la presente... Pero en muchos ancianos indios se presentaba, como una siniestra tentación, la duda lacerante: ¿Los había engañado el padre blanco con falsas promesas de paz y de esperanza?... Lo que aquel día había sucedido no era sino una traición sin nombre...


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