EL ROMANCE DEL PADRE KINO (Parte 18)





A pesar de haber caminado en febrero unos 700 kilómetros a caballo; y a pesar de sus múltiples tareas en otras misiones; Kino regresó a Caborca en el mes de marzo. Se movía rápido. El trayecto de Dolores a Tubutama, que era de unos 72 kilómetros...

Por Cruz G. Acuña
Fecha de publicación: 2017-12-07 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Politica



Por Cruz G. Acuña

Un Barco en el Desierto de Altar


    A pesar de haber caminado en febrero unos 700 kilómetros a caballo; y a pesar de sus múltiples tareas en otras misiones; Kino regresó a Caborca en el mes de marzo. Se movía rápido. El trayecto de Dolores a Tubutama, que era de unos 72 kilómetros, lo hizo en un solo día no obstante el cargamento que llevaba. En ese viaje fue cuando Mange, a un sitio donde el padre celebró la Santa Misa, le puso el nombre de "El Altar”, que todavía conserva y es ahora una población muy simpática.

    Kino iba a Caborca con las extrañas intenciones de fabricar un barco. Llevaba toda la herramienta necesaria y nada menos que veinte carpinteros nativos. Quería atravesar el golfo y llegar a California. Dos años antes había estado a visitarlo en Dolores el famoso padre Salvatierra. Kino conocía la madera de aquel hombre y lo había entusiasmado con la misión de California. También sabía, por triste experiencia, que el hombre que se lanzara a la empresa iba a necesitar mucha ayuda. Por eso entre los dos fraguaron el atrevido y quijotesco proyecto de construir un navío en pleno desierto. California seguía cantando como sirena... Y Kino recordaba a los centenares de neófitos suyos que allá esperaban el bautismo y una vida más humana.

    Más allá de Caborca, en el cauce del río, encontraron un álamo gigantesco que podía darles mucha madera para el barco. Los indios madereros cavaron a su alrededor y le cortaron casi todas las raíces; pero el coloso se resistía a caer. Entonces Mange se trepó al árbol para atarle unas cuerdas y después jalarlo. Mientras ataba las cuerdas, el árbol crujió y se vino abajo con estruendo. Gruesas ramas se hicieron añicos; pero Mange salió sorprendentemente ileso. Dios estaba dando alas a aquellos audaces soñadores.

    Se cortó y labró toda la madera necesaria. Mientras tanto el padre instruía a los caborquenses y los dirigía en la construcción de una buena casa para el misionero que algún día habría de llegar. Kino ya había escrito al Provincial y al general Jironza hablándoles de las muchas esperanzas que tenía en Caborca y pidiéndoles al menos un ayudante.

    Durante ese tiempo, el capitán Mange hizo una exploración hasta lo que es ahora el Puerto Libertad, sin olvidarse, por supuesto, de visitar a sus exóticas amigas de "Las Ollas”.

    La madera tenía que secarse bien, y mientras tanto, regresaron a Dolores. Cuando calcularon que la madera ya estaba en su punto, hicieron otro viaje a Caborca. Eso fue en los calores de junio. Los carpinteros, que nunca en su vida habían visto un barco, trabajaban bajo la dirección del padre constructor que había estado en la fabricación de los tres navíos de Atondo en el río Sinaloa.

    Pero cuando todos estaban más entusiasmados y orgullosos de haber convertido el desierto en un astillero, llegó a Caborca un mensajero especial. Traía, de parte de un padre Visitador (algo así como un inspector de misiones) la orden terminante de suspender la construcción de la nave.

    Kino había recibido ya, y seguiría recibiendo en su vida, muchos golpes como éste. Obedeció sin decir nada. Empleó algunos días en catequizar a sus neófitos; y todavía con velas de su esperanza desplegadas, regresó a su misión de Dolores.

Continuará...

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