LA AVENTURA COLONIAL: HOLOCAUSTO EN EL CONGO BELGA





Por Mario Vargas Llosa Catorce naciones regalaron en 1885 un inmenso territorio al rey de los belgas, Leopoldo II. Congo vivió un horror comparable al Holocausto, sin que haya recaído sobre el monarca ninguna sanción moral

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Fecha de publicación: 2015-07-21 00:00:00

Esta nota pertenece a la categoria: Historia



-PIEDRA DE TOQUE. Catorce naciones regalaron en 1885 un inmenso territorio al rey de los belgas, Leopoldo II. Congo vivió un horror comparable al Holocausto, sin que haya recaído sobre el monarca ninguna sanción moral

Por Mario Vargas Llosa
EL PAÍS

http://internacional.elpais.com
28 DIC 2008





Durante muchos siglos, la empresa colonial fue transparente: un país, aprovechándose de su fuerza, invadía a otro más débil, se apoderaba de él y lo saqueaba. Nadie ponía en cuestión semejante estado de cosas porque se trataba de algo que se venía practicando desde la noche de los tiempos y todos, colonizadores y colonizados, aceptaban o se resignaban a esta cruda realidad como a una fatalidad inevitable, consustancial a la historia.

El descubrimiento y conquista de América por los europeos introduce una importante variante. Por primera vez y por razones religiosas el colonizador se interroga a sí mismo sobre la justicia de la empresa colonizadora y, en acalorados debates de juristas y teólogos, se arma de razones, humanas y divinas, para justificar sus conquistas. Desde entonces, sin dejar de ser lo que fue siempre, es decir, un acto de fuerza y de rapiña, la colonización se atribuye a sí misma una misión evangelizadora y civilizadora: des animalizar a quienes viven en estado feral y humanizarlos gracias al cristianismo y a la cultura occidental que aquél inspira. Para que este objetivo tenga algún viso de realidad es imprescindible establecer como un hecho indiscutible, científico, que el colonizado carece de los conocimientos y luces indispensables para juzgar por sí mismo lo que más le conviene, pues se trata de un ser desvalido y primario cuyos intereses y conveniencias son mejor percibidos por la potencia que a partir de ahora ejercerá sobre él la tutela colonial, una forma de autoridad benévola.
 
CONGO_Esclavos_Leopoldo_II

Sin embargo, en el siglo XIX, las empresas coloniales europeas en el África y el Asia olvidan casi este prurito de justificación religiosa y moral e invaden y ocupan territorios, que empiezan a explotar de inmediato, sin otra explicación que la necesidad de proveerse de materias primas, ampliar sus mercados o contrarrestar el crecimiento y poderío de los imperios rivales. Cuando Hitler, en Mi lucha, explica que en el programa del Partido Nacional Socialista figura en lugar prominente la adquisición, por las buenas o las malas, de colonias para instalar los excedentes demográficos del pueblo alemán, no hace más que poner sobre papel lo que casi todas las grandes potencias europeas habían venido haciendo, cierto que sin decirlo con tanta claridad, desde el siglo XV.

La excepción era la pequeña Bélgica, país más bien reciente y, ay, sin colonias. Esta condición entristecía y desmoralizaba a su soberano, Leopoldo II, cuya energía, ambiciones y sobresaliente inteligencia desbordaban por los cuatro costados las fronteras del diminuto reino que le había asignado la Providencia. Entonces, él, sin amilanarse, se dio maña para conseguir mediante la astucia, la paciencia, la intriga y la diplomacia lo que los grandes países colonizadores habían logrado a través de los ejércitos y la matanza. Por increíble que parezca, Leopoldo II convirtió a Bélgica en una gran potencia colonial sin disparar un solo tiro.
 
Leopoldo_II_Congo

Para ello, primero, en un trabajo diligente y genial que le tomó muchos años, se fraguó una imagen de monarca humanitario, altruista, condolido por la suerte de los salvajes y paganos de este mundo, que sedujo a la opinión pública de Europa y de los Estados Unidos. Invirtiendo en ello el dinero de su reino y el suyo propio, fundó asociaciones benéficas y centros para combatir la esclavitud que hacía estragos en el África Occidental, costeó el viaje de misioneros a esas regiones bárbaras, impulsó investigaciones, estudios y publicaciones sobre las condiciones de vida de las tribus africanas que todavía practicaban el canibalismo y eran diezmadas por los traficantes árabes que, partiendo de la isla de Zanzíbar, practicaban la trata, y peroró sin tregua, en orquestadas manifestaciones públicas, exigiendo a las grandes potencias que intervinieran para poner fin a aquella lacra indigna que era el comercio de carne humana en los mares del mundo.

La campaña dio el resultado que esperaba. En febrero de 1885, catorce naciones reunidas en Berlín, y encabezadas por Gran Bretaña, Francia, Alemania y los Estados Unidos, le regalaron a Leopoldo II, a través de la Asociación que él había creado para ello, todo el Congo, un inmenso territorio de más de un millón de millas cuadradas, es decir unas 80 veces el tamaño de Bélgica, para que "abriera ese territorio al comercio, aboliera la esclavitud y cristianizara a los salvajes". No había un solo africano presente en aquel Congreso y no hay un solo indicio de que alguien en Europa o Estados Unidos -político, periodista o intelectual- se preguntara siquiera si era aceptable que la suerte de ese inmenso país fuera decidida de este modo, por 14 naciones advenedizas, sin que un solo congolés hubiera sido siquiera consultado al respecto.
 
CONGO_esclavos_tortura

Seguro de lo que iba a ocurrir en el Congreso de Berlín, Leopoldo II ya se había adelantado, desde un año antes, a operar en el territorio que de la noche a la mañana lo convirtió en el amo de un formidable imperio. Para ello había contratado al célebre explorador galés-norteamericano Henry Morton Stanley, el primer europeo en recorrer los varios miles de kilómetros del río Congo, desde sus nacientes, en el África Oriental, hasta su desembocadura en el Atlántico.

En una expedición que es una mezcla de grotesca pantomima cínica y proeza etnológica y geográfica, entre 1884 y 1885, los expedicionarios enviados por Leopoldo II recorrieron buena parte del Alto y Medio Congo repartiendo cuentecillas de vidrios de colores y retazos de tela en 450 aldeas y villorrios africanos y haciendo "firmar" contratos -los llamaban "tratados"- en los que los caciques y jefes indígenas, que no tenían idea de lo que firmaban, cedían la propiedad de sus tierras a la Asociación Internacional del Congo, se comprometían a dar hombres para que trabajaran en las obras públicas que aquella institución emprendiera -caminos, depósitos, puentes, embarcaderos-, cargadores para transportar los bultos y materiales, a proveerla de brazos para la recolección del caucho y a alimentar a los peones, funcionarios y soldados y policías que vinieran a instalarse en sus dominios. De manera que cuando las grandes potencias le entregaron el Congo, Leopoldo II ya tenía en sus manos 450 "tratados" en los que los congoleses legitimaban mediante sus firmas aquella donación y le entregaban sus vidas y haciendas.

A diferencia de otras colonizaciones, en que los invadidos resistieron de alguna forma al colonizador y le infligieron algunos daños, en el Congo prácticamente no hubo resistencia. Los congoleses no tuvieron tiempo ni posibilidades de resistir a un sistema que cayó sobre ellos -una miríada de culturas y pueblos desconectados entre sí- como una malla inflexible en la que perdieron, desde el principio, toda libertad de iniciativa y movimiento, y en el que fueron sometidos a una explotación inicua, las 24 horas del día, hasta su extinción.

Los castigos, para los recolectores que no entregaban el mínimo exigido de látex, eran brutales. Iban desde los chicotazos hasta las mutilaciones de manos y pies -a las mujeres y a los niños primero, y luego a los propios trabajadores- hasta el exterminio de aldeas enteras, cuando se producían fugas masivas o aquellas comunidades no cumplían con la obligación de alimentar a sus verdugos como éstos esperaban. Hace un año que leo testimonios diversos -de misioneros, viajeros, aventureros o de los propios colonos- sobre estos años del Congo y todavía no me cabe en la cabeza que fuera posible una monstruosidad tan atroz, un genocidio en cámara lenta semejante, sin que el mundo llamado civilizado se diera por enterado. Cuando aparecen las primeras denuncias en Europa, por boca de pastores bautistas norteamericanos, hay una incredulidad general. Y los plumíferos alquilados por Leopoldo II actúan de inmediato en la prensa hundiendo en la ignominia a aquellos denunciantes y llevándolos ante los tribunales por calumnias.

Durante un cuarto de siglo por lo menos el Congo fue desangrado, esquilmado y destruido en una de las operaciones más crueles que recuerde la historia, un horror sólo comparable al Holocausto. Pero, a diferencia de lo ocurrido con el exterminio de seis millones de judíos por el delirio racista y homicida de Hitler, ninguna sanción moral comparable a la que pesa sobre los nazis ha recaído sobre Leopoldo II y sus crímenes, al que muchos europeos, no sólo belgas, todavía recuerdan con nostalgia, como un estadista que, venciendo las limitaciones que la historia y la geografía impuso a su país, hizo de Bélgica por unos años un país imperial. La verdad es que detrás de la behetría y las violencias en que se debate todavía ese desdichado país se delinea la mortífera sombra de ese emperador que conquistó el Congo sin disparar un solo tiro y consiguió en menos de 20 años aniquilar a por lo menos 10 millones de sus súbditos africanos.

© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario EL PAÍS, SL, 2008.

© Mario Vargas Llosa, 2008.

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Publicación por cortesía del DIARIO EL PAÍS (ESPAÑA), nota original en el siguiente enlace:

http://elpais.com/diario/2008/12/28/opinion/1230418811_850215.html

GENOCIDIO EN EL CONGO
 
Congo_genocidio Leopoldo II Bélgica

Imagen: Así castigaban a los trabajadores que no cumplían sus cuotas en las plantaciones de caucho del Congo Belga

Aquellos trabajadores que no cumplían con su cuota en las plantaciones de caucho del Congo belga eran castigados de una forma atroz. No importaba si era un niño o una mujer, el castigo aplicaba para todos. Estas tremendas jornadas de trabajo las exigía el monarca Leopoldo II para mejorar la productividad. El rey Leopoldo II ejecutó uno de los mayores crímenes de la historia contemporánea, un genocidio que se cobró la vida de entre 5 y 10 millones de personas.

La explotación de una espantosa magnitud, fue rodeada en Bélgica y Europa, como una campaña publica altruista y civilizadora de un África "salvaje” y no "civilizada”.

Las primeras historias que llegaron a Europa sobre el Congo, estaban relacionadas con las románticas y valerosas exploraciones de los exploradores pioneros, que una vez más volvían a "descubrir” mundos que permanecían inexplorados. La historias sobre Livingston y Stanley se hicieron muy famosas, quizá por que formaban parte de un plan de relaciones públicas que tenía como fin último, conquistar primero y explotar después los vastos recursos del Congo o quizá porque simplemente fueron utilizadas por los dirigentes belgas para sus fines personales.
 
CONGO_Holocausto_esclavitud Leopoldo II Bélgica

Hoy en día, la mayoría de la gente común, relacionaría a Livingston y Stanley con el Congo o con algún país exótico de África en vez de con Leopoldo II y el posterior genocidio que allí se cometió. Los artículos, reportajes e historias que escribieron novelistas como Joseph Conrad o Mark Twain entre otros (que no han sido tan promocionadas como las del "doctor Livingston supongo”), vienen a describirnos una parte más cercana a la realidad de la vida de los congoleños, sus "amos” y las grotescas condiciones de vida que les impusieron mientras una pequeña élite belga que obtuvo "riquezas más allá de lo que es capaz de soñar la avaricia”.

Leopoldo II, rey de Bélgica había enviado a finales del siglo XIX, emisarios por todo el mundo para que reportaran la existencia de regiones ricas a las que poder colonizar y como explotar. Deseaba, como el resto de aristócratas de la época, un parte del mundo para él, no como parte de un nuevo y gran imperio a formar, sino para establecer una especie de "coto privado” en el que explotar valiosos recursos con los que equipararse en riqueza al resto de monarcas contemporáneos.


Cuando en 1872, Henry M. Stanley dio con David Livingstone, el hecho se publicitó de manera desmesurada dando fama internacional y para siempre a la frase anteriormente mencionada. Esta desmesurada publicidad tenía probablemente intenciones más oscuras. Leopoldo publicitó las historias contadas por Stanley y Livingstone sobre la "crueldad esclavista de los árabes” y el grado de retraso y escasa civilización de los pueblos contactados con el fin de que su intención de colonizar aquellos vastos territorios adquiriera el motivo de una intervención altruista de erradicación del comercio de esclavos mientras al mismo tiempo se enseñaban la civilización europea y su moral cristiana supuestamente superior en todos los aspectos a aquellas sociedades "primitivas” compuestas por poco más que "salvajes”.
 
CONGO_esclavo Leopoldo II Bélgica

Este simple pretexto, junto con el interés "absolutamente humanitario” de Leopoldo II, quedó formalizado en 1876 durante la "Conferencia Geográfica” que se desarrolló en Bruselas y en la que se convenció a muchas e importantes personas de diversos ámbitos (desde geógrafos a militares pasando como no, por hombres de negocios) sobre los buenos fines que perseguía tan conmovedora obra.

Este pretexto no es ni mucho menos nuevo. "Los imperios se visten con un aura de benevolencia” desde mucho antes que el Imperio Romano, el cual sentó en gran manera las bases para este tipo de pretextos que tenían por objeto convencer a los más reacios, a aceptar las políticas agresivas y beligerantes del Imperio sobre otros pueblos y culturas.

Leopoldo II financia tan "altruista” empresa valiéndose de un numeroso compendio de engaños gracias a los cuales obtiene aportaciones económicas y prestamos provenientes de empresas, instituciones e incluso del propio Estado belga. Dichos préstamos jamás serían devueltos.

Las exploraciones de Stanley en Centroáfrica entre 1879 y 1884 dieron resultados satisfactorios para las partes implicadas y se fundaron diversas estaciones a lo largo del rio Congo. También firmó varios tratados con gobernantes locales estableciendo la "Asociación Internacional del Congo”, una organización tapadera de las verdaderas ambiciones de Leopoldo II.

A finales de la década, en 1878, el rey Leopoldo II establece un consorcio de banqueros para financiar la exploración y colonización del Congo. La "Conferencia de Berlín” (noviembre 1844 – febrero 1845), los Estados y monarquías europeas reconocen la Asociación Internacional del Congo, que pasa a llamarse "Estado Libre del Congo”.

Mientras Leopoldo II dictaba normas arbitrarias que expropiaban propiedades y recursos a los pueblos congoleños, fomentaba a que su brutal ejercito privado (la Fuerza Pública) cometiera todo tipo de atrocidades incluido el sistemático uso de torturas, secuestros, asesinatos etc., con el fin de aterrorizar a la población, sometiéndola a trabajos forzados o a "vender” sus tierras, el resto de Europa se dedicaba a calificar sus acciones como de lucha contra el comercio de esclavos e incluso como defensa del libre comercio .

La "lucha contra el comercio de esclavos” y contra la "escasa civilización” de los congoleños, convirtió a Leopoldo II en apenas un par de décadas, en uno de los hombres más ricos del mundo.

En la década de 1890, se construye una red de transporte para una más extensa explotación y distribución de los recursos minerales, haciendo uso de trabajadores forzados. La construcción de estas infraestructuras, orientadas exclusivamente al interés personal, se cobró la vida de una incontable cantidad de seres humanos, en una tremenda agonía de la que no se salvaban ni siquiera los niños de más corta edad.

Los esclavos de todas las condiciones, también fueron explotados para el desarrollo de caucho y la obtención de marfil. Un año después se conquista Katanga (1891 – 1892), región de enormes riquezas minerales y que será un foco de la rivalidad entre las grandes potencias hasta nuestros días. Entre 1895 y 1897 estallaron diversos motines contra la Fuerza Pública que serán reprimidos en poco tiempo y con la acostumbrada dureza.

Leopoldo II creó su propia empresa para la obtención de marfil y caucho, concediendo tierras a diversas empresas e intereses privados a cambio de un porcentaje sobre los beneficios. Era el empresario del momento en el paraíso del libre comercio, es decir de la libre explotación.

Entre 1885 y 1906 el único comercio que existió en el Congo fue el de abalorios y camisetas de algodón que se cambiaban por inmensas tierras fértiles o incluso a cambio de años de trabajo, todo ello cuando no se recurría al terror sobre la población, el saqueo, la destrucción de aldeas y pueblos, chantajes y atroces castigos para aquellos que no cumplían con las ordenes o las tremendas jornadas de trabajo que exigía el monarca para mejorar la productividad.

Fuentes:

http://claytoncubitt.tumblr.com/post/153862936



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