MI SECRETARIA Y YO (Cuento)

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         Aún dudo mucho que dé buenos efectos el aviso que ordené publicar en un diario local, que dice: “Necesito secretaria competente, con buenas recomendaciones y agradable presencia...”, porque reunir esos atributos en una sola persona, siendo mujer, equivale a un regalo de Santa Claus; y la verdad desnuda es que ya estoy bastante crecidito para creer en ese personaje mitológico. Dondequiera se puede encontrar una muchacha bonita y con buen gusto en el vestir, preparada para decorar la oficina más elegante... Pero tengan la seguridad que en vez de “querido amigo” escribirá “cerido amigo”, y se le olvidará que cajón se escribe con “j”, no con “g”.

         Otro motivo de preocupaciones para los directivos, es el que las oficinistas sean coquetas o tengan demasiada dedicación para sus jefes, porque entonces sucede que éstos se ponen perfectamente bobos y aquello se convierte en una fábrica de zopencos. Sí, si hasta uno que es hombre de experiencia, con canas en las sienes y que además ha estudiado psicología, frecuentemente ignora lo que pasa a su alrededor.

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         Digo esto porque la excesiva dedicación de mi anterior secretaría que, aunque no es bonita, me causó problemas que han cambiado el curso de mi vida y quizá también la de la Empresa. Y ello no se debe a que yo haya obrado con poca caballerosidad, porque me considero decente a cara cabal, ni que ella sea una coqueta, pues es la muchacha más virtuosa que he visto. Las cosas en este caso, se desarrollaron dentro de la más estricta moral. Pero a pesar de sus cualidades de mujer y de que es competente, dinámica y hábil para los negocios, la hube de separar del empleo cuando los empleados comenzaron a murmurar que era ella, la señorita Carelia, quien daba las órdenes. Decían, por ejemplo, que mi secretaria impidió que se otorgaran varios créditos que posteriormente se comprobó que hubiesen resultado desastrosos para la Institución. También se comentó que los dos cajeros que fueron despedidos por cometer pequeños hurtos, fue ella quien descubrió los delitos. Luego se habló mucho de los nombramientos de dos contadores que modernizaron los sistemas contables, atribuyéndole a ella ese acierto.

         Y hoy que estoy enterado de lo que se habla, me doy cuenta de que era cierto que la señorita Carelia influía mucho en todos mis asuntos en la Empresa. Afortunadamente en lo que la muchacha interfería resultaba acertado; hasta en varias ocasiones recibí felicitaciones del Consejo de Administración. Claro que los miembros de éste aún ignoran cómo fue la cosa.

         En una ocasión escuché murmurar a unos empleados: “Hasta que por fin encontró el viejo una secretaría que tiene limpia y en orden su oficina, pues antes parecía un muladar”. Otra vez oí por allí: “Vaya, que bueno que la secretaría del viejo cascarrabias se encarga de traerle al barbero y la manicuristas a su oficina, para que no parezca limosnero”. Noté luego  que mis subalternos miraban con curiosidad las corbatas modernas y de colores atractivos que me compraba la señorita Carelia para que no me pusiese las antiguallas que antes usaba.

         Estas cosas hubiesen seguido por tiempo indefinido, pues hasta perezoso me estaba haciendo, si no sucede que uno de los accionistas que es amigo de confianza, riéndose y burlándose de mí, me cuenta lo que sabe y se dice por ahí. Y naturalmente que como se acostumbra en estos casos, hice un berrinche y la excesiva secreción de ácido clorhídrico me afectó la úlcera y ésta se  desquitó con mi organismo.

         Todavía al día siguiente estaba yo furioso como toro de lidia con banderillas y todo lo demás, lo cual siempre tiene la magia de convertir en diligentes a toda esa caterva de flojos que son mis empleados. Esa mañana la señorita Carelia llegó a la Empresa a las 8:00 en punto con su acostumbrada puntualidad británica, con un ramo de flores que todos los días ponía en el florero de la oficina. Al acercarse le dije (en verdad no echaba espuma por la boca ni  bufaba como un toro):

         - Señorita Carelia, estoy muy disgustado con usted. Se dice por ahí que me he restado autoridad y que ya no soy el que da las órdenes.

         La muchacha, a quien nunca le había llamado la atención en tono descomedido, palideció al escucharme y luego comenzó a llorar. No obstante, continué.

         - Tenga la bondad de pasar a donde el cajero y cobrar su quincena y la indemnización correspondiente, porque a partir de esta fecha prescindo de su servicios.

         La pobre cruzó la oficina principal, con lágrimas en los ojos y no se dirigió a la Caja como le dije. El ramo de flores quedó en el suelo, marchito.

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         Todo esto sucedió hace diez días y durante ese tiempo he tenido la oportunidad de reflexionar sobre la importancia del paso que di, tomando en cuenta que un jefe es UN JEFE y es quien debe asumir las responsabilidades; pero también he cavilado mucho sobre cómo he quedado (como el ramo de flores marchito). Ahora mi oficina parece un muladar (antes de contar con la señorita Carelia no lo notaba), mi escritorio parece una pirámide de tantas cartas que no he contestado, hay varios asuntos que no he atendido por falta de un buen asesor y, para colmo, como se me olvida llamar al barbero y a la manicurista, estoy muy desaliñado. No exagero si confieso que me siento manco y que necesitaría ser un pulpo para tocar tantas cosas pendientes en mis manos.

         Por eso esta mañana tomé una decisión para la cual no necesité el consejo de la señorita Carelia. Fui a su casa para hablar con ella y pedirle que me diese nuevamente su ayuda. Pero al verme me espetó.

         -¡Con usted no volvería a trabajar ni por todo el oro del mundo!

         - Señorita Carelia, vengo a pedirle perdón por todo.

         - Está bien, está perdonado; pero le ruego que no me pida que vuelva al empleo.

         - Señorita Carelia, me complace mucho que me haya perdonado... Ya sé que soy un viejo  solterón, neurasténico y...

         - Señor Perrúdez, no diga eso. Usted es una persona muy jovial y bien parecida. El exceso de trabajo le pone nervioso.

         - Señorita Carelia, soy muy viejo para usted y...

         - Señor Perrúdez, le ruego no volver a decir que es un viejo. Usted es todavía joven y guapo.

         Bueno, aquí no continúo con el diálogo porque lo que sigue son cosas privadas de futuros cónyuges.

         Ahora les diré a ustedes confidencialmente, por supuesto: ¿No les parece que una persona eficiente, trabajadora y con muchos aciertos en los negocios, merece que se le dé una oportunidad a sus aptitudes?

         Estoy seguro que la futura señora de Perrúdez incrementará mis negocios, aun con más buena voluntad que la señorita Carelia.

         Además ciertamente no es muy bonita, pero yo tampoco soy un modelo de prestancia y juventud... ¡Qué caramba!

 

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