EL TESORO DE VILLA DE SERIS

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        Corría el año de 1861 en el apacible Pueblo de Seris al sur de la Ciudad de Hermosillo, lugar más conocido actualmente como Villa de Seris, un barrio más de la capital del Estado de Sonora. Fundada 120 años antes por Don Agustín de Vildósola, gobernador y comandante general de las Provincias de Sonora y Sinaloa, el 22 de junio de 1741 con el nombre de Real Presidio de San Pedro de la Conquista del Pitic. Este sitio militar había sido instalado más para garantizar los intereses de su Hacienda del Pitic (hoy Hermosillo), río Sonora de por medio, que para incursionar contra los indígenas sublevados, hecho que le costó más tarde su destitución. El 15 de diciembre de 1893 se le dio la categoría de Villa al Pueblo de Seris, título que se le quedó hasta la fecha aún cuando quedó incorporada a la capital por decreto de 25 de octubre de 1940, perdiendo también la categoría de Municipio.

         En el vecino Estado de Sinaloa, al sur de Sonora, un poco más allá de su frontera, en el Fuerte de Montesclaros, conocido únicamente con el nombre de El Fuerte (fundado en 1563 por Francisco de Ibarra, gobernador de la Nueva Vizcaya, con el nombre de San Juan Bautista de Carapoa, a la orilla del río Zuaque, hoy río Fuerte, capital del recién creado Estado de Occidente después de la independencia del país, desde el 12 de septiembre de 1824 hasta el 28 de agosto de 1826), se llevó a cabo el pronunciamiento del general liberal Plácido Vega, el 19 de agosto de 1858, contra el Plan de Tacubaya que pretendía nulificar los anhelos republicanos del pueblo mexicano. Plácido Vega tomó por asalto el cuartel federal y sometió a prisión a Don Francisco Romero, jefe militar conservador.

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 Cerros de Villa de Seris en 1854
 

         La sublevación de La Noria, en el municipio de Mazatlán, Sinaloa, hizo que el militar sonorense, el general Ignacio Pesqueira, asumiera provisionalmente el gobierno de Sinaloa, marchando sobre el puerto de Mazatlán al que le puso sitio el 3 de abril de 1859, obligando al jefe conservador José Inguanzo a huir. Pesqueira entregó después el gobierno a Plácido Vega el 6 de julio, quien le ayudó para que iniciara el levantamiento de los elementos liberales en la región de El Fuerte y así regresó triunfante a Sonora donde promulgó una nueva Constitución local el 13 de febrero de 1861, más acorde con la federal del 5 de febrero de 1857.

         El 2 de agosto de 1861 en El Fuerte, Antonio Estévez y el coronel Eustaquio Cota se pronuncian contra el partido liberal e invaden Sonora, siendo derrotados por el gobernador Pesqueira en Hermosillo el 15 de octubre de ese mismo año. La invasión a la plaza de Hermosillo la hicieron junto con los pronunciados de la ciudad de Álamos, Sonora (última capital del Estado de Occidente), grupo de conservadores descontentos del régimen liberal que imperaba en estas regiones, azuzados por sus autoridades religiosas.

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 Río Sonora en 1905, al fondo cerros de Villa de Seris  

         Una vez dominada la situación, Pesqueira mandó fusilar en Álamos a los conservadores Don Juan Nepomuceno Escobosa y a Don Toribio Almada. Muchos huyeron, como Don Juan Barrosábal o como Don Jesús Pesqueira del rancho del Águila. Otros fueron aprehendidos como Don Miguel Carrillo o Don José María Zea, de Guaymas, a quienes se les abrió juicio por complicidad; siendo este último tomado preso en el punto del Peñasco Blanco por Don Eduardo Muñoz, jefe de una de las fuerzas que los buscaba y parte de las operaciones que mandaba el coronel Jesús García Morales. Los sublevados traían consigo algunas barras de plata, mismas que Estévez dejó en poder de Don Miguel Carrillo. Al hacer su fuga de la ciudad de Hermosillo alguno de ellos dejó enterrado o escondido en Villa de Seris una de estas barras, tema de este escrito.

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         En el mes de diciembre de ese año de 1861, reinando ya la paz en Hermosillo y sus alrededores, fue encontrado dicho “entierro” o tesoro. Según las declaraciones del indígena yaqui Pedro Vega, dos de sus hijos llamados Pablo y Luís “andaban haciendo leña y encontraron en el cerrito que está al otro lado del cementerio del pueblo de Seris y junto a un palofierro al lado de unas piedras boludas una barra de plata…” y que en la parte donde se encontró “se observaba bien que había estado enterrada”.

         Al encontrar los muchachos la barra le dieron noticia a su padre, quien junto con su compadre Jesús Álvarez, también indígena, acudió a verificar el hallazgo y, encontrando “la susodicha barra de plata envuelta en un pedazo de guangochi (tejido burdo de fibra vegetal) cosido”, se la llevaron a su casa en donde la conservaron –según su declaración posterior que consta en el Archivo Histórico del Estado de Sonora- “cerca de un mes”. Pedro Vega era sirviente de Don Francisco Buelna, rico ciudadano de Hermosillo y a él le entregó la barra de plata para que la presentara al gobierno y al mismo tiempo les arreglara una gratificación por el hallazgo. Ese mismo año comenzaban los trabajos de acuñación de la Casa de Moneda de Hermosillo por empresarios ingleses y dicha plata bien la podría el gobierno mandarla a troquelar en monedas.

         Un suceso como éste no podía pasar desapercibido. El 7 de enero de 1862 se abrieron en el Juzgado de Primera Instancia del Distrito de Hermosillo, a cargo del juez primero Don Eduardo Morales, las diligencias practicadas con motivo “de la barra de plata encontrada en poder de Don Francisco Buelna”. Se había conocido de ello por el portero del mismo juzgado, Pedro Santa Cruz, quien lo supo por voz de Francisco Vidal, cuñado de Joaquín Vega, sobrino de Pedro Vega.

         Vidal declaró durante las pesquisas que Joaquín Vega le había dicho que su tío Pedro se había encontrado la barra y se la había dado a Buelna el 31 de diciembre de 1861 “por no hayar (sic) que hacer con ella”. Joaquín a su vez declaró que Pedro la encontró “en un cerrito del pueblo buscando higuanas (sic)” y que había sucedido “como hacía veinte días” (aproximadamente el 18 de diciembre) y que la conservó su tío en su casa como una o dos semanas hasta entregársela a su amo para que la presentara al gobernador. Pedro Vega dijo que se la presentó a su amo Buelna para que se la presentara al Juez, para “haber (sic) si pagaban las albricias por el hallazgo”. Ya se sabía que faltaba una barra de plata, por las declaraciones de los reos de la Villa del Fuerte al ser aprehendidos en su fuga y que, según sus marcas eran de las que habían traído.

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         Dos días después fue llamado a comparecer el señor Francisco Buelna, quien dijo que estando en su huerta del Pueblo de Seris, un indio llamado Jesús Álvarez fue a venderle plata, pero sabiendo que no era minero le hizo confesar la verdad y que conviniendo que pertenecía al gobierno prometió conseguirle una gratificación, cosa que así hizo entregándole $200 “con lo que quedó conforme”. Álvarez por su parte negó en su declaración que haya ido a venderle plata y que sólo habían convenido en lo de las albricias.

         El doce de enero se efectuó un careo donde Buelna y Álvarez se sostuvieron en lo que habían dicho. Buelna se presentó al día siguiente ante el juez diciéndole que Álvarez no había dicho la verdad y pidió un nuevo careo. Esta vez el indígena confesó que fue a su hermano Ignacio Buelna a quien había ido a ofrecerle la plata. Francisco por su parte dijo ser verdad que poseía un pagaré que le entregó el Prefecto del Distrito sobre los $200 de las albricias pero que “no recordaba la fecha” y que el Prefecto se había comprometido a cambiarle la plata a la par por cobre (monedas de una cuartilla de real que se comenzaron a acuñar en Hermosillo).

         Sea una cosa u otra, la famosa barra de plata fue confiscada por el Juzgado, por orden del Supremo Gobierno del Estado, para que se entregara al Administrador de Rentas de Hermosillo y la cambiara “para satisfacer dos pagos a cada juzgado y el resto se distribuya a los facultativos Don León Villaseñor y Don Gabriel Monteverde y al Hospital de Sangre de Hermosillo”. El Prefecto se opuso alegando el compromiso contraído con Buelna al firmarle un pagaré. Por su parte el Juez expuso que no había por qué darle un premio a Buelna por el hallazgo “por haber mantenido en su poder dicha barra cosa de diez días sin haber dado parte al juzgado de mi cargo, como debiera, sino negociando con el Prefecto”.

         El gobierno escribió desde la ciudad de Ures, entonces capital del estado, al Prefecto diciéndole que “si bien está el gobierno resuelto a respetar el compromiso que había contraído de gratificar a la persona que le ofreció entregar la barra, también nota alguna malicia en los procedimientos de ésta y le sería en extremo sensible y desagradable premiar una mala acción”. Así terminó el caso de la barra de plata que movió la codicia de los actores. Es muy probable que los descubridores yaquis hayan tenido otros planes y al no poder vender la plata optaron por entregarla a Buelna tratando de obtener una gratificación por ello. A su vez Buelna al no encontrar una salida redituable o al conocer su origen y temeroso de ser pasado como cómplice de los sublevados, no le quedó más remedio que entregarla.

         Es muy raro encontrar documentos que acrediten el hallazgo de un “entierro” ya que la mayoría de este tipo de historias se basa en decires y leyendas de fabulosas riquezas y si de veras se encuentra algo lo mantienen en secreto temerosos de que el gobierno se los quite. Esto no quiere decir que no existan tesoros enterrados esperando que alguien con suerte los descubra, pero lo que sí sabemos es que, en el 95% de los descubrimientos, como los de este relato, es por casualidad y no por búsqueda científica rigurosa. Así como este relato de la vida real, guardada en los Archivos Históricos de Sonora, se encuentran muchas historias interesantes que valdría la pena rescatar para las generaciones futuras.

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